Este curso he trabajado un montón. Creo que más que ningún curso o año de mi vida. He hecho muchas cosas, y entre ellas he dado clases de teatro a diferentes grupos y personas, englobando muchas edades, (desde cuatro a ochenta años).

La experiencia, ahora que he acabado, y lo veo con otros ojos, ha sido positiva. Aunque en el momento…

Me he enfrentado a grupos muy numerosos donde lo más importante para padres, empresas y los propios alumnos era aprenderse un texto para hacer una obra teatral.

No soy enemiga del texto. El texto es un elemento más. Importante como otros elementos o más o menos importante como cada director, actor, grupo o compañía quiera entenderlo.

Pero en el caso de enseñar, de dar clases de teatro, por lo menos como yo lo entiendo, no es lo más importante. Incluso es de lo último a trabajar, sobre todo si el grupo lo forman niños/as, adolescentes o personas que no han tenido acercamiento de ningún tipo al teatro.

Pero en cambio te encuentras con el deseo de decir unas palabras escritas y aprendidas de memoria, en un cuerpo que no sabe moverse y una voz que no sabe decir.

Te enfrentas al resultado. Y trabajar para un resultado sin pararse en el proceso es un castigo.

La peor experiencia fue trabajar para personas mayores. Todos los días me daba cabezazos contra un muro muy duro donde mis propuestas se hacían añicos.

Hablando con otros compañeros, me doy cuenta, que en las clases que se imparten en diferentes centros, esto es una realidad que se repite. Se asocia hacer un taller de teatro con aprenderte un texto y subirte a un escenario. Y esa realidad, quién la ha impuesto? Cómo te voy a recitar un poema si mi cuerpo no te puede expresar emoción? Cómo y por qué voy a limitar las herramientas que tiene un actor?

Alguien por ahí me ha dicho que es más fácil llegar con un texto, se lo aprenden, les dices como lo tienen que decir, y a ensayar. Bueno, es otra forma de entenderlo.

La primera vez que me apunté a teatro hacíamos taichí en clase…como para proponerlo en mi grupo de mayores! No aguantaban ni ejercicios de voz.

Yo hoy me he emocionado con una coreografía que hacen mis niñas en la obra de teatro que hemos escrito entre todos, improvisando en clase.

Me he partido los cuernos, y no estoy contenta con el resultado, ni de acuerdo con las formas y con realizar muestras con niñas de seis a doce años, pero creo que es más enriquecedor para ellas esa manera de hacer.

Habrá que seguir buscando las formas, y haciendo entender que un actor es un todo, compuesto de muchas piezas, y hay que trabajarlas todas. Sobre todo para conseguir que las personas que se adentren en este mundo maravilloso lo hagan desde dentro. Desde ellos, que no se queden sólo en la superficie, que hundan, que profundicen en esos textos tan deseados, paseándolos por sus cuerpos, esculpiéndolos en sus palabras. Que los sientan con todo su ser. Para conseguir en última instancia compartirlos con un público en un escenario y que el público se emocione con ellos. Con su interpretación de esos textos aprendidos.